mate

La respiración de la yerba fragantemente levantada por el agua y que con la succión baja hasta posarse sobre sí misma, perdido todo brillo y todo perfume a menos que un chorrito de agua la estimule de nuevo, pulmón argentino de repuesto para solitarios y tristes. (Rayuela, cap XIX, Julio Cortazar)

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El típico apuro de los almuerzos de la semana fue interrumpido por una noticia que casualmente vi por tv hace ya unos años.
este vídeo cuenta la historia de un santafesino que decide diseñar y hacer su propio auto. Después de haber visto esa noticia, no me pregunten por que ahora, después de anda a saber cuantos años, se me ocurre buscarlo.

Espero que les guste.

Carpintería, libros y paciencia.

La otra vez me encontraba observando cómo un amigo trabajaba en la madera. Le comenté mi interés por la carpintería a pesar de no haber llevado mis manos hacia esa área. Este trabajo me inspira paz y tranquilidad porque desde el comienzo se sabe que los resultados no son inmediatos, por lo tanto, no queda otra alternativa que sobrellevar ese proceso con paciencia. La carpintería me remonta a mi infancia donde veía a mi papá y a mi abuelo martillando y serruchando rústicamente para trabajos de albañilería.
Viendo a mi amigo aprendiendo el oficio de carpintero, le pregunté si él logra obtener algún estado de tranquilidad, paz o armonía mientras trabaja con la madera. Me respondió que los cortes milimétricos, la precisión de los golpes de martillo y el ajustar los encastres, simplemente le hacen perder la poca paciencia que tiene.
Me es inevitable comparar la carpintería con el empleo de la computadora donde un “copiar y pegar” o un “doble clic” son suficientes para llegar a los resultados buscados. Pareciera que el uso y abuso de esta herramienta que nos lleva de paseo por los mares de la Web, nos envicia de impaciencia porque de alguna forma, promete resultados cada vez más inmediatos. De hecho, recuerdo que se diagnosticó a los empleados de Google jugar al menos una hora al aire libre con pelotas de verdad ya que ellos se entretienen la mayor parte de su tiempo con el movimiento virtual de pelotas que se encerradas dentro de sus tabletas, celulares, etc. Es fácil quedar obnubilado al ver como rebota una pelota virtual dentro de un dispositivo que mejora cada vez más la emulación de la realidad, ¿curioso no?
Ese mismo día, llego a mi rincón de estudio, encuentro todo lo que tengo que leer, subrayar, interpretar y así… al sentarme con el fin de aprender, descubro en mi proceso de lectura cómo se despierta la sensación de ansiedad por querer interiorizar todos los libros inmediatamente como si fuera un “copiar y pegar”. Luego de cinco minutos, me dispersé fácilmente por no saber enfrentar la realidad que elegí. El estudiar al igual que la carpintería requiere un “mientras tanto” porque los resultados se obtienen a largo plazo, elemental, ¿o no? ¡Volví a dar en el punto de una contradicción! ¿Por qué no logro encarar a mis libros como veo a la carpintería? Si me propusiera trabajar en ella, de seguro sentiría lo que le pasa a mi amigo.

Creer o no creer

Creer o no creer, ¿qué dilema no? Al final, en este mundo cada vez mas descartable el sostener una creencia es lo mismo que creer en las rosas.
Al principio, creemos en lo imperativo de nuestros papás o de alguna imagen que tutele nuestras decisiones. Nos aferramos tan fuerte a esos mandatos que creemos en ellos como si fueran nuestros al nivel de decir: “yo siempre pensé así”. Si, estoy algo condicionado por el mandato de mis viejos pero, la responsabilidad de de decidir, es mia. De chico ser un buen pibe, estudiar, el trabajo, la casa, el coche, la familia era la linea que aprehendi hasta llegar a lo rebelde de mi adolescencia y cuestione.
Pase una escoba a la tradición y descubrí que nunca creí firmemente en la moda. Nunca tuve un lider punk o un escritor para citar. Por un tiempo creí en el aikido hasta que descubrí que llegue ahí por las películas (¿creer en ellas para llegar a practicar un arte marcial oriental? Creo que bailar folk/tango o cumbia hubiera sido mas auténtico).
Nunca creí en un equipo de fútbol, en un gobierno de turno o en su opositor. Solo me queda creer en mi… Por cuanto tiempo? Hasta que se rompa la piola que sostiene la zanahoria que mueve a esa mula de mis deseos.
Creer en un Dios Institución? Prefiero creer en los milagros de la sonrisa o la lágrima. Después de tanto revolver queda esto: ayudar al otro, la familia, los amigos y quizás en algún futuro, ser amado por una mujer y hacer una familia (pero esto en parte, no depende solo de mi person). Hoy, después de algunas idas y vueltas,todavía no puedo creer en una mujer.
Acá se viene el poeta: “¿qué mas queda entre aquellas, las que vestidas de espinas, aguardan su lento marchitar?” El sostener una creencia sin autenticidad, es lo mismo que creer en las rosas.